Recibo por correo un texto del que no he podido localizar el autor, pero que es toda una glosa del idioma español frente a la permanente invasión del inglés. Además de texto de pura prosa poética. Aquí lo incluyo:

Cómo no han de ser bárbaros, si en su lengua no cabe el ser, ni el estar, ni el diferenciar al que ama del que apenas quiere.

¡Ay de ellos! que con un sólo verbo, pretenden abrazarlo todo: la lujuria y la ternura, el deseo que arde y la entrega que duele.

Dicen to love como quien lanza una red al mar, esperando que el pez que caiga se llame amor.

Mas el español, noble, docto, caballeresco, distingue lo eterno de lo momentáneo, lo sentido de lo fingido, lo que se es de lo que apenas está.

Yo soy, dice el alma, firme como torre. Yo estoy, susurra el cuerpo, como brisa pasajera.

Cómo han de escribir su propio Quijote, si no tienen lengua para la locura cuerda, ni verbo para la nobleza triste.

Qué caballero andante puede alzarse en inglés, si no puede diferenciar entre amar al ideal y querer a la moza.

Ellos no saben lo que es decir «te quiero», y saber que aún no es «te amo». No conocen la delicadeza de esa espera, ni entienden lo que decimos cuando decimos “me haces falta”, no como ausencia, sino como vacío en el alma, como órgano arrancado, como nota que falta para que el verso rime.

Ellos hablan para nombrar. Nosotros hablamos para sentir.

En griego se dijeron muchas verdades, cierto es, y el sánscrito tejió mantras con hilos de eternidad.

Mas, entre las lenguas que aún respiran, sólo el español canta y llora con igual elocuencia. Porque nuestra lengua no sólo dice, nuestra lengua distingue. Distingue al que ama del que desea, al que vive del que sobrevive, al loco del visionario, al caballero del bruto.

Por eso digo, y no miento: ¡bendita sea la lengua que supo parir a don Quijote, y maldita la lengua que no sabría nombrarlo sin traicionarlo!  Así, si algún bárbaro pregunta por qué amamos nuestro idioma, no les digáis nada, mostradles un “ojalá”, recitadles un “te extraño”, o calladles con un “lo siento”. Y, si aún no entienden, que vuelvan a su verbo pobre y nos dejen con el nuestro, ruidoso, barroco, y, por Dios, hermosamente humano.