Intervención del autor en las Jornadas de Geopolítica “El Control del Estrecho de Gibraltar”, celebradas en el Centro Cultural de los Ejércitos, de Madrid, los días 19 y 20 de octubre de 2026.
Ponencia
Me encantaría continuar por el camino que ha marcado el coronel [col. Jose Mª Manrique], pero, como alguien me dicho algunas veces que hablo demasiado, me voy a limitar a los previos de este dichoso Acuerdo.
Antes quería dejar una cosa clara. El pendón de Gibraltar —me refiero a la bandera, no me malinterpreten— tiene un castillo y una llave. Ese castillo y esa llave es la heráldica que le concedieron los Reyes Católicos en 1502. Me encanta que sigan teniendo esa señal de hispanidad izada en el Peñón. No sé si sabrán que procede de los Reyes Católicos, pero ahora sí lo saben.
Y con esto nos vamos a ocupar un poco de esos momentos en que la ONU quería empezar a intervenir en el asunto, a partir de la creación de su Comité de Descolonización, para que vean ustedes lo poco que sirve la ONU en algunos casos, sobre todo cuando el que tiene que rectificar es un miembro de su Consejo de Seguridad.
Cuando en 1956 Martín Artajo planteaba ante la ONU la primera cuestión de Gibraltar —que luego continuará con mucha mayor intensidad Castiella (con tanta intensidad que, en vez de ministro de Asuntos Exteriores, le llamaban el ministro del “Asunto Exterior” porque se dedicaba en cuerpo y alma a Gibraltar)— hubo una serie de resoluciones en las que el lenguaje de la ONU, como cualquier otro lenguaje, era significativo de lo que se quiere decir, de lo que se quiere obligar o de lo que se quiere permitir.
En la resolución 1514, de 1960, la ONU “insta” a la descolonización. Es, quizás, la única que realmente tiene valor, porque, a partir de ese momento, Gibraltar era una colonia que debía ser descolonizada, de acuerdo con el principio de reintegración territorial, concepto que estará siempre en las resoluciones de la ONU. La otra cuestión era la supervivencia de la población; supervivencia, no deseos, como ha procurado siempre el Reino Unido con los distintos referendums realizados o propuestos.
Ya se ha dicho que en 1960 se da esta resolución. En 1965, la ONU decía que deben iniciarse conversaciones; en 1966, lamentan la demora; en 1967, lamentan que no se cumplan las resoluciones de la ONU; en 1968, lamentan que no se haya completado la negociación; en 1973, recuerda la conveniencia de aplicar la 1514, la primera que se dio; en 1974, pide la negociación sin demora; y en 1976, urge a que se inicien las conversaciones, con lo cual estamos cerrando el círculo, porque la 1514, de 1960, insta a la descolonización, y resulta que en 1976 urge a que se inicien conversaciones.
Esto da idea de la fuerza que tiene la ONU cuando se dirige al RU, y la desvergüenza del RU de no cumplir jamás las resoluciones de la ONU. Y no sólo no cumplirlas, sino que, incluso, en 1968, el embajador del RU en la ONU, lord Caradon, porque en 1967 se hizo un referéndum en Gibraltar y la ONU no lo aceptó, avisa a la ONU que tenga mucho cuidado, ya que sus resoluciones van “en contra de la Carta de las Naciones Unidas”, y le recrimina a la ONU que no esté cumpliendo. No es Gibraltar el que no está cumpliendo, sino la ONU.
Frente a osadía, solamente una actitud de fuerza por parte de España podría solucionar el asunto.
En el periodo constitucional, hay tres oportunidades, o proyectos, de que se consiga Gibraltar, por parte del Partido Popular. Dos de tiempos de Aznar, que se anulan porque los gibraltareños no están de acuerdo. La primera, entre Aznar y Tony Blair, y la segunda entre José Piqué y Jack Straw. A la primera, los gibraltareños dicen que no, y Blair retrocede; a la segunda, no sólo dicen que no, sino que, además convocan un referéndum en 2002. Estas dos estaban basadas en una co-soberanía durante 50 años, con una retrocesión a España al cabo de ese periodo. La tercera no llegó a ser una propuesta, sino que se quedó en una idea con la misma base, que García Margallo expuso a Rajoy, y que Rajoy, con su “impulso” habitual, no aceptó. Ninguna de las tres, pues, se llevaron a cabo.
Con el PSOE, la primera, con Felipe González, también pretendía recuperar Gibraltar. Lo único fue que Fernando Morán lo planteó a 20 años, y, además, dijo una frase que, si no revela inocencia para un ministro de Asuntos Exteriores, demuestra poco conocimiento de lo que había hecho Inglaterra desde 1704 respecto a Gibraltar: “Aunque me ofrecieran Gibraltar sin contrapartidas, nunca lo aceptaría si era contrario a la voluntad de los gibraltareños”. No solamente estaba renunciado a una posibilidad, sino que, además, iba en contra de las Naciones Unidas, porque, como ya hemos dicho, Naciones Unidas habla de reintegración territorial, no de la voluntad de los gibraltareños.
En los dos momentos posteriores del PSOE lo de la recuperación de Gibraltar quedó ya en el limbo. Fueron el desastre completo.
Con Zapatero se creó el Foro Tripartito. Además de ceder todo lo cedible a Gibraltar (líneas de teléfono, prefijos, e incluso se participó en la financiación de uno de los espigones de Gibraltar, que se hacían con las piedras que se llevaban de España), además, decimos, tuvo la ocurrencia de que en un diálogo entre dos países, RU y España, se incorporara algo que no era un país, sino lo que algún historiador ha llamado “la alcaldía de Gibraltar”, por lo que el señor Picardo era, poco más o menos, el alcalde de Gibraltar, un pueblo físico, una ciudad. Y, sin embargo, Zapatero la incluyó dentro del Foro Tripartito con la misma importancia que España y RU. Como vemos, un desastre absoluto.
Pero todo es susceptible de empeorar, y la Declaración de Córdoba de Zapatero, de 2005, se ve prácticamente incluida en el llamado Acuerdo de Nochevieja, de 2020. Todo lo de allí se cedió, pero, además, aumentó mucho más el problema porque, para empezar, Sánchez se inhibe a favor de la Unión Europea: “hagan ustedes lo que quieran. ¿Les recuerda a ustedes aquello de Zapatero de que respetaría lo que saliese del Parlamento catalán?
Además de abstenerse de estas negociaciones, mantiene el secreto hasta el final, e incluso le pide a la UE que no hable del tema, y que no dé a conocer ningún dato sobre ellas y sobre el acuerdo correspondiente.
No cuenta con el Parlamento. Desgraciadamente ya sabemos que para otras cosas tampoco ha contado, y encarga la colaboración con estas negociaciones a albares, del que se dice que tenía un solo objetivo: propagar el catalán en la UE, pero en realidad tenía dos, propagar el catalán, y hacer lo posible porque los ingleses se quedaran con Gibraltar. En muchas fotos tienen ustedes a Albares absolutamente sonriente delante de sus mayores —y no lo digo por el tamaño sino por la importancia—, teniendo justo enfrente a Fabián Picardo, que participaba en las negociaciones transmitiendo lo que decía el Parlamento gibraltareño mientras que el Parlamento español no participó porque Sánchez no quiso.
Este ministro de Asuntos Exteriores contestaba, siempre que le preguntaban algo, con aquello de la prosperidad compartida, un concepto antiguo que lo renuevan ahora; pero no explicaba cómo puede haber prosperidad compartida cuando una de las partes, Gibraltar, tiene una renta media de 107.000 $ anuales, mientras que la parte opuesta, el Campo de Gibraltar, 25.000 €. El poder siempre se queda con los que no pueden.
Pero sigamos. Además de todo esto, acoge a Picardo en la Internacional Socialista. Picardo llevaba soñando con entrar en la IS desde 1988. Cuando se lo propuso a Felipe González, Felipe se negó. Ahora Sánchez lo abraza y lo trata de igual a igual, y confía en él para que salga adelante una cooperación productiva. Esa cooperación productiva, en todos los acuerdos, es siempre a favor de Gibraltar. Siempre.
Sánchez quiere pasar a la historia. Va a pasar a la historia por muchas cosas, pero, fundamentalmente, porque el día 26 del mes pasado se presentó en la ONU, y pasará a la historia por ser el primer presidente español que no habló de Gibraltar en la ONU.
Esto es más indignante porque cualquier gobernante que tenga dos dedos de frente, o, digamos, un cierto grado de patriotismo, estaba en una posición perfecta para haber anulado cualquier acuerdo sobre Gibraltar. Recordemos que el Acuerdo de Nochevieja fue en diciembre de 2020, pero en febrero de 2020 se había producido el Brexit. Es decir, Gibraltar había perdido toda relación con la Unión Europea, y estaba en un limbo en que seguía siendo todavía más colonia que antes.
Además, estaba la cuestión de que el enemigo tenía pánico a que se cerrara la puerta, y quiero citar algunas frases para explicar por qué tenía ese miedo. Desde 1969 en que se cierra la verja hasta 1982 en que se abre peatonalmente, Gibraltar había costado muchísimo dinero a RU, porque tenía que mantener a la población además de la base militar. Ese temor es el que se refleja en los últimos momentos de este acuerdo.
En el mismo texto del Acuerdo de 11 de junio —esto es completamente distinto en la versión inglesa que en la de Albares—, se dice: “para evitar la necesidad de controles onerosos y largos retrasos en la frontera, que habrían resultado ruinosos para la economía de Gibraltar, que cuesta cientos de millones al año y ejerce presión sobre el contribuyente británico por apoyo fiscal”
Fabián Picardo, unos días antes, el 8 de junio, dice: “Un no acuerdo hipotecaría el futuro cotidiano y empresarial del Peñón”
La baronesa Chapman, ministra de Desarrollo Internacional, dice el 22 de junio: “Todos los productos británicos destinados a los supermercados gibraltareños sufrirían largos controles aduaneros, costaría cientos de millones de libras al año y haría que el contribuyente británico asumiera la factura”
Y Joseph García, viceministro de Gibraltar, dice el 6 de enero de este año 2026: “El futuro, sin Tratado, sería frío y sombrío”
Creo que queda claro qué es lo que debería haber hecho España: cerrar la frontera y, como mucho, como en 1968, dejar pasar sólo a los trabajadores.
Nada más.
2ª Intervención
Tampoco sé cuál puede ser la solución, y participo en la opinión de los compañeros de que [Gibraltar] es un problema de los políticos que tenemos, tanto del Gobierno actual como de la oposición. Es triste pensar en la oposición, porque se supone que podría tener la solución en la mano, pero no es así.
Entonces prefiero utilizar un par de minutos o tres para intentar explicar lo que significa el Tratado que se ha hecho. No voy a extenderme mucho.
El principal problema de este Tratado es que la única autoridad que hay hasta hoy es el Tratado de Utrecht. La siguiente autoridad en estos momentos son las resoluciones de la ONU, que se ha hartado de que no se cumplan, y que decide que se llegue a un acuerdo. Ese acuerdo —por eso han puesto primero un acuerdo y luego el Tratado— anularía Utrecht. Es decir, no podríamos decir nunca más que nos han robado el Peñón.
Esa sería una de las cuestiones fundamentales. Porque se han tenido hasta ahora controversias sobre la reintegración territorial, y controversias sobre la ocupación del istmo y del mar. Hay quien opina, respecto a estas ocupaciones, que, al ser ilegales, no se puede hacer legalizar un hecho ilegal.
Repito: este Acuerdo anularía Utrecht.
Además, dicen que es provisional, porque, en la UE no están muy seguros de lo que han hecho. La UE tiene dos tipos de competencias: o exclusivas o mixtas. Las exclusivas son las que tienen que ver con el funcionamiento de la UE. Las mixtas es porque hay algún otro elemento que no depende de la UE, y en este caso es así, porque el Acuerdo cercenaría parte de un territorio, y eso sólo corresponde a España. Por eso ni siquiera los juristas de la UE coinciden. Por eso hablan continuamente de provisional, provisional. La tendencia de toda la historia de los ingleses en Gibraltar ha sido que ellos tienen derecho porque ha habido “uso continuado”, y por eso prescribe [el derecho del otro], por lo que ya no hay robo ni latrocinio ni apropiación, sino que se considera legal, cosa que, evidentemente, no es así.
Y la tercera [cuestión fundamental], la peor creo yo, porque es lo más probable que ocurra, es que en el Tratado no se determina a qué territorio se refiere, es decir, no se determina el límite de ese territorio. Si tenemos en cuenta que Gibraltar necesita del Campo de Gibraltar para su desarrollo, que va a necesitar para un centro de datos la energía proporcionada por un millón de paneles solares, equivalente a consumo de 250.000 hogares, e incluso han solicitado que les cedan terreno para construir 9.000 plazas de aparcamiento… es decir, que si Gibraltar no puede existir sin España, y el Tratado no determina el territorio, y, además, dice que casi todos los acuerdos se harán luego, y sin duda serán siempre favorables a Gibraltar, nos podemos imaginar que dentro de poco dirán que Marbella, Cádiz y el Campo de Gibraltar son parte de Gibraltar por ese “uso continuado”.
Y para que no sea sólo lo que yo digo, quiero citar a la doctora Natividad Fernández Sola, catedrática de Derecho Internacional Público de la Universidad de Zaragoza, que dice que “cada disposición del Tratado es un campo minado para España. El Tratado es la dejación de soberanía más grande que se haya producido nunca. No se puede negociar un tratado inconstitucional y dejar su ratificación a terceros.”
Quiero terminar con la frase de un pensador español del siglo XIX, Vázquez de Mella, que dice que “España no es un contrato ni un consenso. Es una fe heredada y una misión en la historia”.
Intervención final
[…] Alguien nos dijo que en España éramos unos retrasados, y que África empezaba en los Pirineos. Eso lo dijo un idiota que ni siquiera había estado en España. Y nosotros —bueno, algunos de nosotros— empezamos a creérnoslo. Primero fue la Francia Ilustrada, y ahora es la Europa progresista. Estamos acostumbrados a creer lo que nos dicen los demás. Pero ¿por qué? Porque no tenemos una idea propia.
Supongo que, en esta sala, y en otras conferencias en que se ha hablado de acontecimientos históricos, se ha hablado siempre de los héroes de España, pero cada uno de esos héroes, cada uno de esas personas, vivían en su tiempo, es decir, si hubiera habido, habrían asistido a conferencias como estas o como las muchas que se están dando. Cada uno de ellos sabía, o tenía una idea, de que lo que tenía que hacer era siempre en provecho de la patria. Entonces, no me queda más que decir que la única solución que veo es que en cada uno de nosotros surja un Blas de Lezo, y sea capaz de hablar y de decir lo que hay que hablar, lo que hay que decir, en cualquier circunstancia. No callarse porque, con los que esté hablando, sean unos progresistas que me va a decir que no sé, o que no va a querer hablar conmigo… Eso no es lo que ha hecho la historia de España. La Historia de España la han hecho gente como nosotros, y, si nosotros no sabemos hacerla, aquí se acabará España.